De vuelta en el avión que me devolvía a Madrid, apretado entre los dos asientos que me flanqueaban, bueno, realmente apretado, lo que se dice apretado, lo estaba entre los dos seres humanos que me tocaron en liza, grandes como armarios, saqué fuerzas de no sé dónde para leer un interesante artículo de Antonio Hernández-Gil publicado en ABC. El artículo a la sazón lleva por título Instituciones y Utopía y a medida que lo leía, sentía más opresión aunque no sé si la sentía en el cuerpo o en el alma.
Sostiene el Sr. Hernández-Gil que la Sociedad, en el amplio sentido del término, está experimentando una creciente desafección hacia las Instituciones que nos gobiernan, un desapego promovido en un entorno de banalización del pensamiento crítico. Podremos estar más o menos de acuerdo en el grado de de esa desafección, ciertamente no todas las Instituciones gozan del mismo nivel de (des)prestigio pero lo que sí es cierto es que no están pasando por su mejor momento. Ejemplos nos sobran: los escándalos de cargos políticos corruptos, las dudas sobre ciertos jueces en esferas no precisamente bajas, el descrédito de algún responsable de los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado, falta de pericia de ciertos reguladores financieros, etc.
Es difícil, y hasta inconcebible, como se indica en el artículo, pensar que algún día la Sociedad pueda llegar a dar la espalda a sus gobernantes y políticos. O que las Instituciones caigan de facto en desuso. No ocurrirá esto porque eso significaría la plasmación más absoluta de nuestro fracaso como Sociedad. Reinaría la anarquía, el caos, el pillaje, la ley del más fuerte. La experiencia acumulada a lo largo de los siglos debe servir, y de hecho sirve, para evolucionar positivamente como personas, como organización social, como especie, al fin y al cabo, que se distingue del resto por su nivel de inteligencia.
Claro que esa inteligencia social o personal, de la cual se deriva la curiosidad por aprender/evolucionar y el desarrollo de un espíritu crítico/constructivo hacia lo que nos rodea debe prender, sin duda, en un terreno donde la libertad de expresión y el respeto sean el sustrato fundamental. Si el cáncer de la corrupción, el putrefacto olor del amiguismo y el lacerante látigo de la censura se introducen, como lo hace el agua en las cavidades rocosas, entre diferentes estamentos de la Sociedad, sus componentes (es decir, todos nosotros) perderemos nuestra confianza en las Instituciones, en los gobernantes y, en definitiva, en aquellos que deben servir de estructura, de soporte, para el correcto desarrollo de nuestra convivencia.
Ciertamente, parece difícil que se pueda producir en nuestro país un desapego total hacia nuestras Instituciones pero la calidad de nuestra Sociedad se mide por el nivel de respeto, por parte la ciudadanía, hacia aquéllas y por su grado de eficacia para garantizar una convivencia justa y digna para todos, y subrayo todos, sus componentes. A partir de ahí, pensemos en distintos países: Alemania, Grecia, Irán, Core del Norte, Estados Unidos, Venezuela… ¿qué grado de apego/respeto tienen estas sociedades hacia sus Instituciones? ¿dónde colocamos a España?

A través del El bolg Salmón llego a
En los tiempos que corren, no sería un mal ejercicio realizar una mirada introspectiva a cómo empresarios, ejecutivos, altos cargos públicos y, en general, profesionales con posiciones influyentes han venido desarrollando sus respectivas ocupaciones profesionales.
Llevo relativamente poco tiempo detrás de este tipo de aparatos que pienso van a dar mucho que hablar, escribir y hasta que vender. Me refiero a los lectores de libros electrónicos (el ejemplo de la foto, es un