Cuando nos sentimos a disgusto con el vecindario que nos rodea, y asumiendo que tenemos posibles para hacerlo, podemos considerar la opción de mudarnos a otra casa donde suponemos la “compañía comunitaria” nos será más grata.
El problema es que esto no puede aplicarse a los países propiamente dicho, a esa masa terrenal enmarcada dentro de unos límites geopolíticos que nos condicionan nuestra vida y nuestro futuro. Los países no tienen la propiedad de la movilidad… y, ¡vaya si lo echan en falta! Que le pregunten, por ejemplo, a Polonia cómo se vive entre dos colosos como Alemania y Rusia.
Curioso, o divertido cuando menos, artículo (en inglés) que publica The Economist en el que propone un re-ordenamiento del mapa europeo en función de los diferentes intereses que afectan a los países de la región. Lo cierto es que algún movimiento de este tipo suavizaría alguna de las tensiones políticas que se han venido larvando durante siglos.
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